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¿Cómo reducir efectos de covid-19 sin causar depresión económica? | Economía



Tanto los comentarios en redes sociales, como los reportes provenientes de diferentes espacios familiares, dan la impresión de que los colombianos tienen dos temas principales de conversación por estos días.

(Vea en el mapa interactivo el estado del coronavirus en Colombia). 

El primero se refiere a la marcha de la cuarentena y las dificultades propias de confinarse en un espacio cerrado, con sus respectivas tensiones, incomodidades y monotonía. El segundo es la posibilidad de que el periodo de aislamiento se prolongue más allá del 13 de abril.

Que limitar fuertemente la marcha de las actividades produce resultados, es algo que quedó claro en Wuhan, la ciudad china en donde se originó la covid-19. Más allá de los trastornos que ocasionó la paralización de la urbe de 11 millones de habitantes a finales de enero, esta sirvió para evitar una crisis mayor.

Y es que tras varias semanas de crecimiento exponencial en el número de afectados, el encerramiento resultó clave para suprimir la amenaza. En ausencia de un tratamiento efectivo y, menos aún de una vacuna, el ejemplo ha tratado de replicarse en múltiples latitudes.

(Con 700.000 giros arranca hoy la devolución del IVA). 

Aunque hay todavía quienes cuestionan un método tan abrupto, lo sucedido en Italia y España deja en claro que una respuesta tardía resulta muy costosa, en términos de vidas humanas. Estados Unidos es la demostración más reciente sobre lo que puede suceder cuando se cree que con esfuerzos de mitigación, que dependen del comportamiento individual, basta.

SI POR ALLÁ LLUEVE…

Ver en dificultades a la nación más poderosa del mundo confirma lo complejo que es enfrentar la pandemia. Bajo esa óptica, hizo bien Colombia al aplicar los frenos cuando todavía el número de casos detectados era relativamente menor. “Había que aplanar la curva”, dice Carlos Álvarez, de la Asociación Colombiana de Infectología.

Aunque hay diferentes simulaciones, uno de los modelos disponibles señala que para mediados de mayo la cantidad de individuos contagiados en el país podría haber superado los 900.000, de no haberse hecho nada. Incluso con una muy modesta tasa de hospitalización del 5 por ciento, no existen hoy 45.000 camas desocupadas para recibir a los enfermos que teóricamente habrían aparecido, ni mucho menos las plazas en las unidades de cuidados intensivos (UCI), con el fin de atender a los más graves.

De tal manera, la cuarentena es clave porque sirve para ganar tiempo que se emplea, entre otras, en liberar cupos en las clínicas. Aparte de que han empezado a posponerse procedimientos con menor grado de urgencia, comienzan a adaptarse instalaciones, como es el caso de Corferias en Bogotá, para recibir a pacientes de otras dolencias con menor grado de complicación.

Tras invertir sumas millonarias en dotación de equipos, como respiradores mecánicos, se podría llegar de manera gradual hasta 10.000 camas en UCI a nivel nacional. Por poner un referente, ayer había 4.560 personas en España internadas en cuidado intensivo, debido al coronavirus.

Vale la pena preguntarse si ese número es suficiente o no, pues equivale al 1 por ciento de un millón de contagiados. Al respecto, hay quienes creen que nuestro perfil de riesgo es distinto, pues la proporción de adultos mayores –que es el grupo más vulnerable– es mucho menor aquí que en Europa.

La edad promedio de los colombianos es de 27 años, mientras que la de los italianos es de 43 años, lo cual nos hace más propensos a que la mayoría de los afectados experimente síntomas leves en su casa y no demande atención médica.

Por ejemplo, en España el 87 por ciento de las muertes por covid-19 ha ocurrido en los de más de 70 años, que representan el 14 por ciento de la población. Ese mismo grupo en Colombia es apenas del 6 por ciento.

Aparte de lo anterior, sigue pendiente de resolverse la incógnita sobre si en las zonas tropicales la velocidad de transmisión es más lenta. Es cierto que Brasil o Ecuador enfrentan problemas serios, pero todavía no son equiparables a los que se observan en el Viejo Continente.

También está por verse si la fortaleza del coronavirus es la misma. Por ahora, pareciera que aquellos enfermos que lo trajeron de otros lugares han sentido con mucha más dureza los problemas respiratorios asociados a este que quienes se contagiaron localmente, aunque todavía la evidencia es muy limitada. Como bien lo expresaba el epidemiólogo Larry Brilliant, la historia de los virus deja claro que estos tienden a debilitarse con el tiempo.

Carlos Álvarez explica que tal vez el mayor dolor de cabeza para las autoridades de Bogotá y el altiplano cundiboyacense es saber que abril y mayo son los meses en los que usualmente se disparan las enfermedades respiratorias a causa de la llegada de la temporada de lluvias. Si esa estacionalidad se combina con la pandemia, pueden darse saltos que obligarían a medidas drásticas.

El énfasis en ralentizar el avance sirve para evitar picos pronunciados de emergencias en un periodo corto. Es completamente distinto que el flujo de casos sea manejable y no cope los recursos disponibles así se extienda por varios meses, frente al colapso de los recursos a la mano en unas pocas semanas.

(Decreto contra la especulación de precios). 
Entender eso es clave por una razón. A menos que llegue rápido una cura que sirva, la única manera efectiva de salir de la encrucijada es que una proporción importante de la población se contagie, a sabiendas de que los síntomas que experimenta al menos el 80 por ciento de los que se enfermen son de carácter menor.

Las proyecciones muestran que al cabo de 18 meses, el 60 por ciento de las personas habrá sufrido la enfermedad, con una mayoría que saldrá adelante, quedando inmune. En ese punto, los índices de transmisión se desplomarían, así el virus siga rondando.

Siempre queda la opción de tratar de suprimir la pandemia, cercándola. Imponer el aislamiento, apenas venga un rebrote, es un método efectivo, al igual que el uso de sistemas de monitoreo permanentes. El problema es que el costo es inmenso. Basta recordar que en China el consumo cayó en una quinta parte durante el primer bimestre y la producción industrial se desplomó. A nivel global, el Fondo Monetario Internacional viene de afirmar que el planeta se encuentra en recesión por causa de las políticas de contención puestas en marcha hasta la fecha.

ESCOGER ENTRE DOS MALES

Ante la crisis económica declarada, la respuesta de las naciones más desarrolladas ha sido contundente y supera con creces los instrumentos utilizados con ocasión de la debacle financiera global de 2008. El paquete definido por Estados Unidos está valorado en dos billones de dólares, mientras que en el caso de Alemania asciende a 750.000 millones de euros.

El dinero servirá para salvar a miles de empresas de la quiebra, al tiempo que los consumidores reciben ayudas directas. De un lado se busca preservar la adecuada oferta de bienes y servicios, junto con un nivel de demanda aceptable. Una vez la emergencia sanitaria disminuya en intensidad, será más fácil retomar el rumbo perdido y volver a crecer.

Tristemente, no todas las naciones cuentan con la misma chequera y mucho menos con el mismo cupo de sobregiro. A Washington o Berlín no les resulta caro endeudarse, sobre todo ahora que los inversionistas buscan los papeles que consideran más seguros.

En contraste, la suerte de las economías emergentes es mucho más difícil. Aparte de que la salida reciente de capitales se calcula en 80.000 millones de dólares en cuestión de semanas, el valor de colocar un bono viene subiendo debido a la mayor percepción de riesgo.

Las firmas calificadoras ya empezaron a rebajar notas, con lo cual serán numerosos los países que perderán aquello que se conoce como grado de inversión. Hasta los papeles emitidos por Colombia recibieron perspectiva negativa, una especie de preaviso de una futura degradación.

Debido a esa realidad, la mayoría de las naciones se encuentran entre la espada y la pared. De un lado, necesitan impedir que el coronavirus deje una enorme estela de muertes. Del otro, deben evitar la quiebra de sus sistemas productivos, sin poseer el músculo suficiente para asumir las pérdidas que ya se acumulan.

LAS OPCIONES EN LA MESA 

Tal como explica la colombiana Zulma Cucunubá, que trabaja en el Imperial College de Londres, hay dos extremos: la supresión o la mitigación. Ninguno es ideal. En el caso de la primera opción, porque las cuarentenas prolongadas son insostenibles, sobre todo en países en donde buena parte de la población vive del diario. Con respecto a la segunda, nadie quiere ver en su territorio dramas como los de España o Italia. Debido a ello, la experta recomienda el uso de supresiones intermitentes, de ser necesarias. De manera coloquial, se habla de la estrategia del acordeón.

El debate merece darse en Colombia justo cuando se acerca la fecha del 13 de abril, en la que concluye el aislamiento. Aunque las estadísticas tardarán en aparecer, se sabe que la demanda de electricidad –que usualmente va al mismo ritmo de la actividad económica– cayó un 15 por ciento en los últimos días. De prolongarse ese bajón, una contracción del producto interno bruto durante el presente año parece segura.

Junto a lo anterior, está el impacto social de la parálisis en un país en el que millones de hogares viven de la informalidad. Como bien lo ponía alguien en Twitter: “El triste dilema entre ‘no salgas si quieres vivir’ y ‘¿De qué vivo si no salgo?’ ”. Las ayudas diseñadas por el Gobierno, sin duda, sirven para paliar el hambre, pero muy posiblemente no lograrán evitar que el desempleo y los índices de pobreza se disparen.

Aun si no vienen más restricciones, recuperar el bache será un desafío, para no hablar de la caída que se viene en los recaudos del fisco y del cierre de incontables negocios.

Por tal razón, lo que debe proceder ahora es una evaluación cuidadosa para evitar que la emergencia derivada de la pandemia se lleve de frente a la economía. Los escenarios de los epidemiólogos muestran que lo ideal sería alternar cuarentenas de 21 días, con reanudación de actividades durante siete.

Sin embargo, quienes miran el reto desde otro ángulo afirman que esa opción es muy dura. Para comenzar, es probable que la tolerancia de la gente al encierro empiece a descender y aparezcan focos de desobediencia civil. No menos complejo sería proveer los fondos para subsidiar a millones de ciudadanos durante un periodo de tiempo extenso.

Una solución que incluye tanto las medidas de sanidad adecuadas como la perspectiva de la seguridad económica sería extender el confinamiento de los mayores de 70 años, al igual que la prohibición de conciertos, eventos deportivos o la congregación de más de 50 individuos, mientras que los demás vuelven a estar activos teniendo en cuenta las reglas de distanciamiento social recomendadas.

Hacer que las universidades dicten clases a distancia o que el teletrabajo siga es válido, al igual que respetar las distancias en lugares públicos, además del consabido lavado de manos.

Y, claro, habría que contar con un sistema de pruebas mucho más efectivo que el actual, aparte de hacerles seguimiento permanente a las cifras. Por ahora, el número de hospitalizados es manejable, así dentro de una semana se multiplique por 10 o 15, cuando llegue el auge que pronostican los expertos. Acto seguido, la tendencia sería descendente, gracias al aislamiento de estos días.

Pero más allá de elucubraciones, el mensaje central es que así como hay que evitar que la pandemia se desborde, resulta imperativo que la economía colombiana no colapse. Eso obliga a modular las políticas, dependiendo del avance de los contagios.

Cualquiera que sea la decisión, no está de más pensar en las consecuencias de largo plazo. Sin desconocer la amenaza presente, vale la pena insistir en que el aumento en los índices de miseria puede hacernos tanto o más daño que el embate del coronavirus.

Como dice el presidente de la Andi, Bruce Mac Master, “por supuesto, la salud es una prioridad: hay que salvar vidas. Y hay que entender igualmente que la pobreza ha matado más personas en la historia de la humanidad que la mayoría de las enfermedades”.

Ricardo Ávila
​Analista Sénior 
Especial para EL TIEMPO

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