COLOMBIA

Conexión BioCaribe de la FAO en Antioquia y Chocó – Otras Ciudades – Colombia



Hace casi 365 días que José Abraham Guisao Zapata tomó la decisión de terminar su trabajo como aserrador, con el que llevaba el sustento necesario para mantener su hogar y ayudar a sus cinco hijos.

Hoy se dedica a diferentes oficios pero, con orgullo, señala que es una decisión que lo mantiene más tranquilo, pues ya no le hace tanto daño al medio ambiente.

José Abraham ha vivido sus 48 años en la vereda León Porroso, en zona rural de Mutatá, Antioquia.

Durante 20 años ha ejercido su labor de líder comunitario en esta calurosa zona del Urabá antioqueño, donde la comunidad de dos veredas se puso de acuerdo para salvar al medio ambiente y hoy reconoce que pese a las dificultades es, sin duda, la mejor decisión que tomó en su vida.

En la vereda León Porroso, en Mutatá, Antioquia, trabajan 77 familias en la restauración y el cuidado del río.

“Yo siempre fui consciente del daño que causaba –señala José Abraham–, pero no teníamos las herramientas para restaurar la flora y ayudar a la preservación de las fuentes hídricas. Queremos que las entidades territoriales y nacionales tomen el ejemplo y sigan apoyando estas propuestas”.

La idea empezó con pequeñas reuniones. Las comunidades de las veredas Porroso y León Porroso estuvieron de acuerdo con la necesidad de restaurar la ribera del río Porroso, pues durante las crecientes registradas en temporada invernal, el afluente se desbordaba y no tenía piedad con sus cultivos.

La idea, inicialmente, se dio con el fin de recuperar el río y eliminar la erosión que causaba la tala, pero luego tomó otro rumbo y se convirtió en un gran proyecto de reforestación que recibió apoyo de 13 entidades territoriales, nacionales e internacionales, lideradas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, conocida como FAO, que invertirán hasta el próximo año 6 millones de dólares.

Ya las 77 familias comprometidas han sembrado en los 58 kilómetros del río Porroso, que pasa por su territorio, 1.100 árboles por cada kilómetro.

Están sembrando 28 variedades diferentes de árboles que crecerán poco a poco y les traerán mayores beneficios a las familias.

Están sembrando 28 variedades diferentes de árboles que crecerán poco a poco y les traerán mayores beneficios a las familias.

La zona ya se ve de un color verde fuerte pese a que aún las plantas no superan el metro y las raíces no son tan fuertes como para contener las caudalosas aguas en tiempos de invierno. “A través de este proyecto estamos tratando de demostrar que la unión hace la fuerza –dice José–. Mire que todo lo que hagamos acá es útil para todos, por ejemplo, para la contaminación en Medellín, estamos apostando a hacer un cambio, que comienza por conservar las fuentes hídricas y dar un ejemplo para poder que en un mañana no sufran los niños”.

Otro de los campesinos que se siente motivado con esta experiencia es Jaime Durango, de 34 años. Asegura que algunas personas les han dicho que sembrar árboles no sirve de nada, pero él considera que es un aporte al futuro, una ayuda a las nuevas generaciones.

No son solo campesinos, la comunidad indígena embera katío, del resguardo de Mungodó Arriba, también está sembrando árboles.

Ellos se han enfocado en los frutales, pues cuando se iniciaron las conversaciones acordaron que era mejor asegurar el alimento de sus hijos.

En octubre del próximo año las comunidades quedarán encargadas del proyecto y la idea es que haya una segunda fase.

En Unguía, Chocó, también se han vinculado varias familias a esta iniciativa. Ellos sueñan con generar turismo ecológico. Y para hablar de los atractivos que esta tierra inmensamente rica tiene para ofrecer, Rafael Cuesta Palacio es el indicado.

Rafael Cuesta Palacio asegura que la comunidad trabaja en la recuperación de la zona para generar atractivo turístico.

Foto:

Isabella Morales Quiceno

Este afrocolombiano de dientes perlados ha vivido sus 47 años en este municipio dedicado a la pesca.

“Tenemos el tema de avistamiento de aves, de delfines, de manatíes, el parque arqueológico Santa María del Darién, las playas y los huertos mixtos… apenas estoy empezando. La idea es que la gente venga, porque hay mucho por conocer”, dice.

Lo mismo piensa la indígena Kelly Suespún, de 25 años, quien cuenta que varios jóvenes de la comunidad se han venido capacitando en turismo ya que ven en esta labor un gran potencial a futuro, desde donde esperan poder fundar resguardos turísticos en compañía de los otros 2.500 indígenas que habitan en esta zona del país.

ISABELLA MORALES QUICENO Y MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA BORRERO
Enviados especiales de EL TIEMPO
En Twitter: @ColombiaET

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