ECONOMÍA

‘Las protestas son la consecuencia de la desigualdad’, Piketty | Economía



Thomas Piketty, el economista francés que se hizo mundialmente conocido con su libro ‘El capital en el siglo XXI’ (2013) –que ha vendido más de 2,5 millones de ejemplares en diferentes idiomas–, vuelve al ruedo con un análisis profundo sobre la desigualdad y la urgente necesidad de corregir el rumbo del sistema capitalista actual.

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En su nuevo libro, titulado ‘Capital e ideología’ (Ariel, 2019) anota que “el triunfo del hipercapitalismo (tras el fin del comunismo soviético) se antoja cada vez más frágil. La falta de consistencia de este relato es evidente tanto en Europa como en EE. UU.”, mientras que “en todo el mundo se observa un aumento de las desigualdades socioeconómicas”, una “desigualdad que ha adquirido tal dimensión que resulta cada vez más difícil justificarla en nombre del interés general”.

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Piketty advierte sobre el agotamiento del discurso “propietarista, empresarial y meritocrático” con el cual se justificaba la desigualdad –como un proceso de decantación natural entre ‘quienes quieren y quienes no quieren’ en una abierta “culpabilización de los más pobres”– y dice que “si no transformamos profundamente el sistema económico actual para convertirlo en uno menos desigual, más equitativo y sostenible”, el populismo nacionalista y xenófobo en ascenso podría marcar “el principio del fin de la mundialización hipercapitalista”.

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EL TIEMPO conversó con este intelectual, director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y profesor de la Escuela de Economía de París.

¿Por qué piensa que el discurso ideológico que sostiene la idea de la desigualdad como algo natural, justo e incluso necesario en el sistema capitalista se está derrumbando?

Porque esta idea, esta ideología, fue empujada demasiado lejos en los años 80-90. Y eso se intentó justificar bajo la premisa de que nos iba a permitir un mayor crecimiento, una mayor prosperidad. Pero esto en realidad no funcionó, y este es un fracaso que hoy comenzamos a ver con más claridad, porque ha pasado un período de tiempo suficiente como para poder tener perspectiva histórica sobre esos cambios y sus efectos, así como sobre las razones por las que hoy se está cuestionando cada vez más a esta ideología.

¿Qué factores llevaron a este proceso?

Si tomamos el conjunto del siglo XX, las desigualdades, claramente, son hoy menos fuertes que un siglo atrás. Pero el movimiento hacia la reducción de las mismas, que fue especialmente intenso entre los 50 y los 80, y trajo crecimiento y prosperidad, fue interrumpido en los años 80-90 por dos razones: primero, por la caída del comunismo soviético, que creó un choque extremadamente fuerte y condujo a que países como Rusia y luego China adoptaran un sistema de privatización completo y en beneficio de unos pocos oligarcas, con una negativa total de impuestos progresivos sobre los ingresos; mientras que en el otro extremo, condujo al regreso de un desequilibrio de características teológicas que fue muy potente hasta las crisis del 2008, pero que aún sigue fuerte. La segunda razón es que en los años 80, en el Estados Unidos de Reagan, pero también en otros países, hubo un cuestionamiento del New Deal, a las políticas de reducción de las desigualdades que se habían llevado a cabo desde 1930. Todo a partir de la promesa de dinamizar el crecimiento. A lo que añadiría que muchos gobiernos no estuvieron a la altura en materia de eficiencia en el funcionamiento del Estado social, que es una solicitud legítima y ascendente (en la medida que se progresa), y a la cual hay que responder adecuadamente, lo que contribuyó a darles legitimidad a los discursos tipo Reagan pidiendo menos Estado.

Hay gente que sostiene que la desaparición del fantasma del comunismo soviético hizo que dejara de ser necesaria la existencia de un sistema social fuerte que evitara una eventual propagación o contagio de esa amenaza en Occidente. ¿Comparte esta hipótesis?

Sí, es una parte de la explicación. La caída del comunismo soviético alivió la presión sobre las élites del capitalismo y esto finalmente contribuyó al ascenso de las desigualdades. Al mismo tiempo, es claro que la solución no sería recrear una nueva Unión Soviética, pues ese fue un sistema que fracasó.

¿Para usted lo que está pasando en varios países de América Latina, con Chile como ejemplo central, tiene que ver con el tema de la creciente desigualdad en el mundo?

Sin ninguna duda. Las revueltas que hemos visto en Francia, en Chile o en el Líbano son la consecuencia de una globalización extremadamente injusta que pone en competencia a las clases medias y a las clases populares de distintas partes del mundo, y de la que solo se benefician los más ricos. Y esto es algo que debe cambiar. De lo contrario van a existir unas tensiones muy fuertes que pueden finalmente cuestionar el modelo por completo.

¿Cuáles son los peligros si no se frena la creciente desigualdad en el mundo?

Cuando tenemos políticos como Donald Trump, en Estados Unidos, o Boris Johnson, en el Reino Unido, que utilizan el aumento de las desigualdades para promover una agenda nacionalista, antiinmigrante y de reforzamiento de las fronteras, lo que estamos viendo son las consecuencias políticas del aumento de las desigualdades. Desafortunadamente, el discurso demagógico es el más fácil de sostener, ya que otras soluciones, como la redistribución y la cooperación internacional, pueden parecer más complicadas, aunque en realidad son perfectamente posibles. Los llamados a volver a las fronteras, a construir un muro entre Estados Unidos y México o entre el Reino Unido y la Unión Europea son mensajes groseros que no funcionarán. El problema es que pueden atraer electores, y esto es un riesgo, pues implica la posibilidad de peligrosas escaladas nacionalistas y proteccionistas. Pienso que incluso a los más ricos les conviene aceptar políticas de redistribución con el fin de preservar la globalización y el internacionalismo.

Y también existe el riesgo del mesianismo revolucionario…

Sí, es un riesgo que puede existir para algunos países. Yo estoy en contra de la hiperpersonalización del poder, del mantenimiento en el poder de hombres providenciales durante decenas de años y en contra de las promesas de nuevos sistemas económicos que no se apoyen sobre una deliberación de propuestas precisas que se enmarquen en un Estado de derecho y que estén siempre abiertas a ser discutidas. Algo muy lejos del mesianismo revolucionario, que promete sin explicar nada, sin decir cómo ni qué va a pasar luego.

Muchos defienden la desigualdad diciendo que ha existido a lo largo de la historia y que las cifras de progreso social, educativo y sanitario en el mundo comprueban que el hombre nunca había estado mejor que hoy, así que por lo tanto no hay nada que discutir sobre el modelo actual. Y que, además, no existe un modelo alternativo. ¿Qué responde a esto?

Que podemos hacerlo todavía mejor, que se podría reducir más rápido la pobreza en el mundo, reducir más rápido las emisiones de carbono, tener menos desigualdades y más justicia en la globalización. Porque si algo está claro, es que con el nivel de desigualdad que hay hoy es imposible mantener un consenso social fuerte en favor de la globalización.

¿Cuáles son los mejores caminos para lograr una sociedad menos desigual? ¿Son los impuestos la clave?

El vector principal es la educación, porque permite propagar el conocimiento, la prosperidad económica y reducir las desigualdades. Ahora, la educación necesita un sistema de impuestos que permita financiarla, así como financiar la salud, las infraestructuras, etc. Y este sistema de impuestos debe ser el más justo posible para que sea aceptado y permita evitar acumulaciones excesivas en la cima y mejorar la repartición. Y también está todo el tema del sistema legal, social y económico. Es todo un conjunto: educación, impuestos, régimen de propiedad, régimen legal, régimen democrático, lo que permite reducir las desigualdades.

¿Cuál es su objetivo con este libro?

Repensar el modelo económico, avanzar hacia uno que se ubique un poco en la prolongación de la socialdemocracia, pero con niveles más ambiciosos, una forma de socialismo participativo que reposa sobre una muy fuerte descentralización, una circulación de la propiedad, del poder, de la educación con una dimensión internacional y transnacional muy fuerte. Trato de retomar reflexiones que pienso que fueron en parte congeladas durante el período de la Guerra Fría y luego completamente olvidadas tras la caída de la Unión Soviética. Pienso que es el momento de pensar en la superación del capitalismo más allá del fracaso comunista del siglo XX.

Y ese modelo alternativo sería entonces una especie de nueva socialdemocracia reforzada…

Sí, para mí el socialismo participativo y democrático, que es el modelo que yo defiendo, es efectivamente una prolongación de la socialdemocracia, pero renovada. La socialdemocracia tuvo grandes logros en el transcurso del siglo XX, pero tuvo limitaciones conceptuales y políticas importantes. Pienso que su reflexión en el tema de la propiedad y la distribución fue insuficiente. Pienso que su reflexión sobre la superación del Estado-Nación ante el desarrollo de formas políticas y económicas transnacionales intensificadas, sobre todo en el tema fiscal transnacional, fue insuficiente. Un ejemplo de esto es el tratado de Maastricht de 1992, que permite la libre circulación de los capitales sin ningún intercambio automático de información entre los países, sin ninguna regulación pública, impidiendo que las administraciones fiscales sepan quién posee qué y dónde, con lo cual son obligados a ponerles más impuestos a las clases medias y populares, en cambio de ponerles más impuestos a los más ricos. Todo lo anterior son desafíos que hay que retomar.

¿A qué se refiere exactamente con esa idea de un socialismo participativo?

La idea de un socialismo participativo, que en realidad es un socialismo democrático, es la idea de que todo el mundo pueda tener acceso a una propiedad privada de tamaño razonable y participar en la vida económica y en las decisiones económicas. Es un sistema contrario al concepto de la propiedad privada del Estado hipercentralizado. Es más bien la propiedad privada descentralizada, pero que evita una excesiva concentración de la propiedad, tiene mecanismos eficientes para redistribuir y para hacer partícipes a los asalariados en las decisiones de las empresas.

¿De qué manera opera esto de la democratización de las empresas?

Se apoya en algo que funcionó perfectamente en la socialdemocracia del siglo XX, como los modelos de cogestión en Alemania y en Suecia desde los años 50, donde la participación de representantes de los asalariados en los consejos de administración funcionó muy bien. Porque pienso que no se puede mantener una organización monárquica de la economía ni de las empresas en el siglo XXI. Tenemos un nivel de educación que nunca había llegado tan alto y necesitamos incluir a muchas personas en las decisiones. Debe haber una circulación del poder. También propongo apoyarnos sobre las experiencias logradas en materia de impuestos progresivos sobre ingresos muy elevados, y en sucesiones importantes, que permitieron a numerosos países –en Estados Unidos, en Europa– reducir las desigualdades y aumentar la movilidad y prosperidad económica. Mi idea por consiguiente se apoya en lo que ya ha funcionado en el siglo XX y propone ampliar esta lógica más allá.

¿Qué tan optimista es usted frente a la posibilidad de construir un modelo alternativo al actual?

Yo pienso que las sociedades humanas, a pesar de todos los fracasos y etapas de regresión, aprenden de la historia, aprenden las unas de las otras y terminan por construir sociedades más justas, permitiendo compartir mejor las riquezas. Y tras la fase de los 80-90 pienso que el movimiento a largo plazo de la reducción de las desigualdades va a retomar su camino si nos movilizamos justamente, suficientemente, intelectualmente, políticamente, para aprender de la historia y encontrar instituciones políticas y económicas más igualitarias. Desafortunadamente no es la única trayectoria posible, también está la del endurecimiento del nacionalismo y del regreso a las fronteras. Pero soy más bien optimista en el largo plazo, pues a lo largo de la historia hemos visto transformaciones extremadamente rápidas en sociedades de las cuales no esperábamos un cambio tan veloz.

VÍCTOR MANUEL VARGAS SILVA
Editor de la edición Domingo de EL TIEMPO

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